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Sergio Hernández Ibrahim
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En la Guerra del Pacífico (1943), un numeroso grupo de militares británicos se rinde a las fuerzas japonesas y es recluido en un campo de prisioneros, adscrito a unas obras de construcción de un puente con fines militares. El comandante japonés pretende obligar a todos a realizar trabajos forzados, pero tropieza con la frontal oposición del coronel británico, que aduciendo las disposiciones de los Convenios de Ginebra, no admite que los oficiales ejecuten otras tareas que las puramente administrativas. El jefe del campo comprende de inmediato que para doblegar la cohesión de los prisioneros es preciso aterrorizar, deshonrar o envilecer a los oficiales. Hay un conato de fusilamiento, palizas y torturas, sobre todo contra el coronel británico, inútilmente, porque éste se mantiene firme.
El comandante japonés, acuciado por la premura de las obras, termina cediendo y aquí comienza a derivar la película en una trama inesperadamente compleja. El coronel británico, que no dudó en arriesgar la vida por una cuestión de principios, es el paradigma del militar escrupuloso, ferviente valedor de la disciplina y la aplicación de los reglamentos, sin las que un ejército se disolvería en una chusma sin voluntad común, carente de personalidad. Es esclarecedora su intervención ante los oficiales, renunciando de plano a todo intento de fuga, no ya sólo por imposibilidad material, sino por la insólita justificación de que recibió personalmente del mando la “orden de rendición”: su destacamento debe renunciar a la lucha porque se ha rendido siguiendo las órdenes del Alto Mando, pero, simultáneamente, hay que mantener a todo trance la disciplina militar, evitar la dislocación del grupo. El angustioso dilema consiste en que “si permitimos que se rompa la disciplina dejamos de ser parte de un Ejército” y “¿qué sentido tendría mi vida si ya no puedo considerarme un militar?”
Comienza así a entrelazarse en el jefe un discurso implacablemente racional que, no obstante, desemboca en el delirio de proponerse “hacerle el puente al enemigo”. ¿Por qué? Aquí se mezcla el complejo de superioridad respecto a la incapacidad de los asiáticos para hacer una obra bien hecha, la necesidad de sujetar a su propia gente a un trabajo sistemático bajo la dirección del mando, y la megalomanía de pasar a la Historia apoyado en un monumento a la capacidad de Gran Bretaña para superar las dificultades más arduas.
Pero ¿Y la guerra? ¡Ah! Estando sometidos al status del prisionero, la guerra no cuenta. Hay que adaptarse a las circunstancias, intentando sacar el mayor partido posible de la situación en bien de nuestra propia gente. Sólo queda la opción de mantener la condición de soldado, gestionar la crisis nacida de la derrota. Es el típico razonamiento nacido del cretinismo de quien puede ser un genio en las distancias cortas o un militar íntegro capaz de morir cumpliendo las órdenes, pero que no puede remontarse por encima de las cuatro mezquindades que configuran su vida.
Y así resulta que lo que el comandante japonés no consiguió por la violencia, lo obtiene sobradamente por las buenas. Embarcado el coronel en su delirante faena, termina rogándole a los oficiales que hagan también trabajos manuales, nada ofensivos porque nadie les obliga. Hay una escena impresionante, cuando el jefe británico convence a varios prisioneros en baja médica para que colaboren en lo que puedan, originándose un patético desfile de personas cojas y renqueantes, al ritmo de marcha, presidido por el arrogante coronel.
¿Se trata de un simple caso de traición? No es fácil responder a esto. Sin duda lo es desde el punto de vista objetivo, pero ¡la mente humana es tan complicada! El coronel ha perdido toda noción de los fines de la lucha, enfoca su ambiente como un ámbito radicalmente aislado del mundo, la guerra, la muerte, la esclavitud, se ha entregado al enemigo pero él no lo sabe. Dispone de un grupo humano sujeto a disciplina militar, una disciplina que no sirve para nada, porque se ha roto toda la lógica que lo unía a los objetivos de su país, sustituyéndola por una idílica relación con conceptos abstractos (la dignidad militar aislada, el prestigio individual aislado, la capacidad industrial aislada).
Pero la vida sigue ahí fuera. El Alto Mando organiza un comando para destruir el puente. El coronel descubre el cable conectado al detonador y pide ayuda ¡a los soldados japoneses! Se da de cara con un miembro del comando, antiguo prisionero evadido (¡usted! ¡usted!) y la lógica global, la lógica del mundo, de la guerra, irrumpe como una bomba en su mente (¡Dios mío, qué he hecho!). En medio de los estallidos de los morterazos, tambaleándose, se desploma sobre el detonador y destruye de un taponazo el puente y el tren militar que transporta las tropas de ocupación.
Qué magnifica lección de lo que es la quiebra moral. Qué fácil resulta dejarse derivar por el sendero de la derrota, intentando mantener vivo los rescoldos y las apariencias de lo que fue un espléndido ejército, inconscientes de que nuestra vida (nosotros y nuestras circunstancias) carece de todo sentido en la soledad, incomunicada de nuestra gente y de las cosas y los fines que la orientaron (ya sea la guerra, la lucha por un cambio político, un proyecto vital común, la salvación de una cultura......).
¿Por qué tenía el coronel que vincular la disciplina (la organización) con una moral colaboracionista? ¿Acaso no era posible forjar una estructura militar dirigida al boicot y el combate? Sin duda, pero aquí no hay más respuesta que la naturaleza humana misma del protagonista. Ya lo dijo Brech: hay hombres que luchan un día, etc.
El uniforme, los galones, el mando ¿qué puede decirnos de la inteligencia, la entrega y la moral de combate? Un cargo, un nombramiento y alguien se entrega, no sólo de boca para fuera, sino con armas y bagajes, porque ya se había rendido con el corazón muchos años antes. Toda la planificación, la estrategia, el adiestramiento, se va a hacer bolinas si no existe la voluntad de luchar clavada en una vista panorámica del mundo que nos ha tocado vivir. Y es en estas horas, cuando parece que se ha firmado la capitulación, el momento en que podemos estar seguros de quién es quién.
La clave de una resistencia eficaz se asienta en una moral de combate. En cierto modo, un gran porcentaje de victorias tiene que apoyarse en una voluntad política de resistir desde el límite, para avanzar desde el convencimiento de que la razón nos asiste. Quién se deja llevar por los factores coyunturales negativos ha perdido ya la perspectiva global, histórica, que respalda nuestra propia existencia. Una vez más, ser realista es exigir lo “imposible”. Quién se deja llevar por el desánimo sólo ve lo inmediato y ha inyectado ya la moral de derrota en lo más profundo de su corazón.
Hace muchos años que ha cristalizado, en la vida sindical, ejemplos similares de fracturas. Corrientes sindicales que en un tiempo fueron prototipos de entrega a la causa de los trabajadores, hoy vegetan integradas en el sistema de explotación capitalista, gestionando y administrando su subordinación a los fines de la burguesía, colaborando en el perfeccionamiento del sistema, aprobando constantemente nuevas vueltas de tuerca que intentan desmantelar derechos históricos conquistados sobre el sufrimiento de centenas de miles de trabajadores.
CCOO y UGT llevan muchos años apuntalando el puente del enemigo (el puente del desarme ideológico y la aceptación acrítica del liberalismo más rampante), firmando acuerdos estatales que consagran la lamentable indefensión económica y política de las “clases subalternas”. Las expresiones ideológicas se mantienen, aparentemente “la guerra” sigue, pero ya se ha renunciado a asaltar los cielos, el “mando” ordenó la rendición hace ya mucho tiempo.
Esta mentalidad de derrota histórica ha degenerando hacia la posición del “todo vale”, que también es una actitud derrotista, a la que no son ajenos sindicatos de disciplina canaria, [como el FSOC], derivados hacia una rutina cotidiana que pisotea principios consagrados en siglos de lucha, como la solidaridad obrera y la perspectiva de clase, y en la que no hay escrúpulos de pactar con la patronal o con sindicatos amarillistas, para erradicar la presencia de otros sindicatos que han optado por importantes transformaciones socioeconómicas y mantienen una ética basada en colocar delante la defensa de los legítimos intereses de las clases trabajadoras.
En ambos casos los beneficiados son siempre los mismos, cuadros medios que viven del sindicalismo, que utilizan los principios como meras cohartadas vacias de contenido, plenamente conscientes de que “esto es lo que hay” y sólo queda gestionar la derrota, que ellos mismos vienen promocionando. Ejércitos convertidos en “sepulcros blanqueados” que ocultan una escandalosa miseria moral.
Destruyamos el puente.
Sergio Hernández Ibrahím
Mayo de 2006
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